Como tres guardianes de la madre tierra, emergen imponentes en medio de una cuna selvática los monolitos del Mavecure. Su silueta se refleja en las rojizas aguas del río Inírida, permitiéndonos admirarlos a través de un espejo sereno.
El manto místico que los envuelve se mezcla con los rayos dorados del sol en degradé al atardecer.
Una banda de patos silvestres atraviesa por encima de nuestro bote dándonos la bienvenida a un paraíso escondido en el corazón de la selva colombiana. De repente un Martín pescador sobrevuela y se posa desenfadado en una rama que podemos admirar desde nuestro bote.
Con el arrullo del río vamos entrando en un estado de trance, como una meditación inesperada, hipnotizados por el silencio armónico y el calor abrasador que nos brinda el atardecer.
De repente inicia el relato, y cada uno de los cerros adquiere una personalidad mítica: Mono, Pajarito y Mavecure, como protagonistas de la cosmovisión de las etnias Puinave, Curripaco, Piapoco y Sikuani, pobladores ancestrales de la región.
La celebración de lo sagrado es su ritual. Las ofrendas y la conservación, su cotidianidad. Allí todo es inédito, casi un delirio.
El chapucear de una tonina, llamó nuestra atención, y nos trajo de vuelta para retomar el rumbo hacia el caserío en el que disfrutaríamos esa noche estrellada en el Guainía